Bienvenidas sean, gentes de
La Codosera
y de más allá de este bendito lugar

 

      En La Codosera (igual que en Extremadura), por su calidad de región fronteriza con Portugal, el contrabando ha desempeñado un destacado papel en la vida económica de la localidad.

   Los artículos que eran objeto de contrabando eran bastante variados: café portugués, corcho, la sal, las telas, el tabaco, el ganado, el acero y la munición. Hubo una época, en la década de 1980, en la que fue muy activo el contrabando del bacalao seco. En la actualidad el único contrabando que se puede realizar esporádicamente es el del tabaco rubio americano.

   Testimonio de ello lo tenemos de un viejo codoserano que se dedicó al contrabando desde los primeros años de su juventud. Se trata de Manuel Margullón Martínez, analfabeto y padre de cuatro hijos.

   Cuenta Manuel que realizó su bautizo como mochilero, recién cumplidos los 17 años, que tuvo un debut muy negativo, ya que le persiguieron los guardiñas (policías portugueses), perdiendo las cargas de café que transportaba y pudiendo llegar a la Raya casi de milagro.

   Después, junto a una cuadrilla de 17 ó 18 porteadores, se dedicaron al contrabando en esta zona, en la que un tal Muñoz, se encargaba de la recogida de mercaderías de las caballerías y posteriormente de las furgonetas, trasladándolas a este lado de la frontera.


Viejo mochilero:
Manuel Margullón Martínez

   Relata como anécdota que una noche que pararon a descansar, lo hicieron sin darse cuenta al lado de una pareja de la Guardia Civil, que estaba apostada allí, y que al darse cuenta los persiguieron disparando sus armas "30 ó 40 tiros, ¡ y a dar !, no crea", logrando él y otros dos compañeros la escapada, pero fatigados por la carrera y el peso de la mochila, pararon de nuevo a tomar resuello, en un lugar recóndito y sombrío, pero aquella noche como había muy buena luna, los descubrieron de nuevo, les requisaron todas las cargas y no los apresaron porque tuvieron tiempo de salir de estampida.

   Posteriormente se dedicó al contrabando de la corcha. Su vida era miserable, alimentándose en muchas ocasiones, tan solo con un pedazo de pan y un trozo de morcilla o tocino. La vida la compaginaba con los trabajos del campo, y con otros menesteres, pues cuando venía del café (denominación que se le adjudica al acto de contrabandear), después de dormir se iba a realizar las faenas del campo.

   Una vez celebrado su matrimonio, a los dos días del desposorio, retiró 300 pesetas de las que había sacado de los regalos, se fue y cogió una mochila con 32 Kgr. de café, y pasó la frontera con ella a la espalda (el kilo de café costaba por entonces en la Raya, 9,37 pesetas).

   La connivencia entre guardias y contrabandistas era bastante común (los guardias conocían perfectamente las rutas de los contrabandistas). Muchos de
los alijos capturados desparecían y otras veces les dejaban algo de lo que transportaban como pago del peaje.

   Como dato curioso (según Manuel), La Codosera es uno de los lugares de
España en donde existe un mayor número de hijos del pueblo que son Guardias Civiles, cifra que puede fijarse en 16 ó 17, acaso para contrarrestar el elevado número de contrabandistas que existían.



Guardias y contrabandista
 

   El ejercicio del contrabando se realizaba por necesidad y el trapicheo estaba considerado como un método lícito con el que paliar la secular pobreza en que se encontraba sumida toda la zona (a ambos lados de la Raya), debido a la escasez de los jornales y a la falta de trabajo estable. No obstante, ninguno de los que se dedicó a este trabajo ilícito logro amasar una gran fortuna, dado que la actividad se realizaba de manera artesanal, familiar y a pequeña escala.

   La vida de los carabineros y guardias civiles destinados en La Raya, no era precisamente un camino de rosas.

  Según comenta Juan Manuel Trenado Serrano, que a su padre que era carabinero y natural de la provincia de Cáceres, lo destinaron, a petición propia
a La Codosera, concretamente al puesto que había en Bacoco, en los años de 1922 hasta 1934. 



Carabineros
 

   Se llevó a toda su familia compuesta de mujer y cuatro hijos. Allí nacieron dos hijos más y comenta que "el lugar era más indicado para lobos que para personas". Vivían todos hacinados en una caseta de unos 15 metros cuadrados, cubículo que tenía un chozo anejo al que denominaban "el desahogo". El lugar, que se encuentra a 8 kilómetros de La Codosera, carecía de luz y de agua corriente, la que había que acarrear desde un kilómetro de distancia. Para desplazarse hasta La Codosera había que hacerlo en lomos de burros y el problema se complicaba cuando había que trasladar a una persona enferma. Algunos meses más tarde, su padre fue trasladado a La Codosera, donde nació el séptimo de los hermanos.

   Por entonces el sueldo de un carabinero, con siete hijos pequeños, no llegaba a las 150 pesetas mensuales, por lo que su padre tenía que ayudarse en los momentos en los que estaba fuera de servicio, con la práctica de la caza, para vender las piezas cobradas: perdices (al aguardo), conejos (al rececho) y pitorras. Las liebres cobradas eran para su consumo familiar. No es de extrañar que ante tal panorama de escasos recursos y tan abultada familia, algún alijo de los decomisados a los contrabandistas se perdiese cuando iba camino de la comandancia.

   El cuartel de la Guardia Civil que existía en esta villa, para salvaguardar los intereses españoles de los contrabandistas y mantener el orden público, al desaparecer la secular frontera hispano-portuguesa fue clausurado en el mes de Enero de 1993. Según José M. Uriarte en su obra, cita "el 15 de Marzo, a las 12 horas del mediodía y de ese mismo año 93, cuando salió el último guardia y el cuartel está cerrado y vacío".

Pedro Cordero Alvarado

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