Bienvenidas sean, gentes de
La Codosera
y de más allá de este bendito lugar

 

   EL PATRIMONIO ETNOGRÁFICO DE LA CODOSERA
(Un tesoro a rescatar, valorar y transmitir)

 Vivimos hoy en día, por desgracia, inmersos en una vorágine que nos hace, en muchas ocasiones, olvidarnos de quiénes somos nosotros mismos y, por supuesto, de quiénes nos precedieron en el tiempo. Al igual que la sucesión ordenada de las páginas de un libro, desde la primera hasta última, refleja el hilo que recoge su argumento, lo mismo ocurre con las generaciones humanas que, desde los orígenes del Hombre hasta nuestros días, se han venido sucediendo a lo largo de la Historia. Al final, no somos sino el resultado de lo que, las diferentes civilizaciones, han ido aportando.

 Lo considerado moderno o innovador ha desplazado siempre, y con desigual fortuna, a lo tradicional. A pesar  de ello, y soportando con heroica resistencia los embates de lo que los nuevos tiempos han ido acarreando, muchos de estos retazos de lo que un día fuimos han logrado llegar hasta nuestros días. Su pervivencia ha sido más fácil y arraigada en aquellas zonas que, por la razón que fuese, permanecieron al margen de las corrientes modernizadoras. Es decir, que en los territorios habitualmente aislados debido a motivos muy diversos, las tradiciones han permanecido vivas aunque quienes las mantuvieran fueran grupos observados por los demás como atrasados e, incluso, objeto de desconsideración por creerlos depositarios de un modo de vida arcaico y hermético.

 La zona geográfica en la que se encuentra ubicada La Codosera ha sido, tradicionalmente, uno de estos territorios en los que lo tradicional encontraba acomodo, y se perpetuaba ante la escasez de elementos nuevos que pudieran llegar de fuera. A ello contribuye tanto lo accidentado de su orografía (que la convertía en zona de escaso interés económico, del que sólo escapaba su abundancia en minerales), el alejamiento de las principales vías de comunicación que, desde la Prehistoria, surcaban el Occidente peninsular y, mucho más tarde, su posicionamiento junto a la frontera de Portugal que, por ser teatro habitual de enfrentamientos bélicos entre éste reino y el de Castilla, convirtió la zona en poco recomendable para el asentamiento de una comunidad humana estable. Gracias a ello, y mientras que en otras zonas el bagaje cultural sufría constantes alteraciones que suponían la pérdida, por sustitución, de las más rancias muestras de sus seculares señas de identidad, en el territorio circundante a La Codosera se fueron manteniendo, con auténtico mimo (con el mismo con el que se guardan los objetos más preciados o los recuerdos entrañables) multitud de elementos culturales cuyos orígenes, en muchos casos, se remontan a la Edad del Hierro e incluso antes.

 A finales del primer milenio antes de Cristo, se documenta en el alto valle del Gévora (limitado en sus flancos por la Sierra de San Pedro y las estribaciones de la Serra de Saô Mamede), población de origen indoeuropeo (célticos y lusitanos) que será la responsable, en gran manera, de lo que podemos considerar primer sustrato cultural de verdadera importancia debido a los aportes que llevará a cabo, si bien tampoco debe olvidarse la presencia, con anterioridad, de comunidades situadas cronológicamente en la Edad del Bronce.

 La existencia de cultos astrales (a los astros, principalmente el Sol y la Luna), orolátricos (dirigidos a elementos tales como montes, cuevas, rocas de tamaño o características singulares, etc...), dendríticos (a los árboles) o acuáticos (tomando como objeto de veneración el agua de ríos y fuentes) se constata en la zona de La Codosera de manera evidente.

 Traspasando el umbral del tiempo, los cultos lunares se perpetuaron en La Codosera, a pesar de ser considerados como paganos por la Doctrina y los concilios de la Iglesia, llegando hasta nuestros días. La creencia en la influencia de la Luna se mantiene todavía en nuestro pueblo, sobre todo entre las personas de mayor edad, en detalles tales como los cuidados que se toman para no exponerse en exceso a su luz, la atribución a su influjo de determinados síntomas de malestar (sobre todo en los niños de más corta edad), la conveniencia o no de realizar determinadas labores agrícolas (podas, injertos y cortas de madera) o domésticas (matanza del cerdo y preparación de sus derivados), efectos sobre la climatología (cambios del tiempo meteorológico con la mudanza en la fase de la Luna) e, incluso, sobre el nacimiento y la muerte de las personas (la Luna nos trae y la Luna nos lleva”).

 Los cultos al Sol se mantienen enmascarados, parcialmente, en la celebración de los dos solsticios del año, de invierno y verano, coincidentes, respectivamente, con las celebraciones de la Nochebuena y San Juan. En el primer caso, la ceremonia familiar (cena copiosa en la que, además, se consume un menú especial, entonación de villancicos o cantos específicos, la quema del denominado “leño de Navidad”, etc...), coincide en mucho con lo que fueron los antiguos cultos a la divinidad oriental conocida como Mitra o Deo Solis Invicto. La celebración de San Juan constituye otro claro recuerdo de los primitivos cultos paganos, en este caso aderezado, también, con elementos tan antagónicos como el agua y el fuego o los ritos de fertilidad.

 Es posible atribuir, a tenor de lo documentado en otras zonas de la península Ibérica, relación entre una de las principales piezas arqueológicas aparecidas en La Codosera y los cultos astrales. El conocido como Thymiateria (quemador de esencias o perfumes) de La Codosera, hoy depositado en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, representa en su tapa la figura de un ciervo tendido. El ciervo es, en la mitología céltica, un elemento de culto en relación con las creencias astrales, asimilado con el dios Cernunos.

Tapa de THYMIATERION. La Codosera


 

 Por su singularidad, cabe destacar en La Codosera y su entorno más inmediato, tanto a uno como otro lado de la frontera, la existencia del culto a las aguas. Este se documenta arqueológicamente por la aparición, en el caserío de La Varse, de una inscripción de época romana, dedicada a ARPANICEO. Se trata indudablemente de una divinidad de origen céltico, relacionada muy posiblemente con el culto a las aguas. Estos cultos se constatan en la vecina localidad de Valencia de Alcántara (Sierra Fría) y en la Sierra de San Pedro (Los Gaitanes), pero sobre todo, y a través de la interpretación de una importantísima inscripción del siglo I antes de Cristo o I después de Cristo, aparecida en la heredad de Ribeira da Venda (Campo Maior), muy cerca de la frontera española. Se cita en ella el nombre de varias divinidades prerromanas (entre ellas REVE y BROENEIAE) a las que se les ofrece el sacrificio de varios animales. Se atribuye también a un  posible culto acuático, u orolátrico, el primitivo santuario que ocupó lo que, con el tiempo, pasó a convertirse en Ermita de Nossa Senhora da Lapa, en la falda de la Sierra de La Lamparona. El descubrimiento en el año 2010, por parte de un equipo de investigación dirigido por el profesor Jorge de Oliveira (Universidade de Évora) de un conjunto de pinturas rupestres esquemáticas pertenecientes a la Edad del Bronce, en el interior de la cueva que se oculta tras el muro del altar de la ermita, aporta datos más que suficientes como para considerar el lugar como espacio de singular importancia religiosa desde la Prehistoria. Los cultos a las aguas se perpetúan en La Codosera, hasta la actualidad, en el conjunto de celebraciones que adornan la Noche de San Juan (patrono del pueblo) y que giraban, en parte, en torno a las numerosas fuentes repartidas tanto por su término como por el casco urbano (Arriba, La Sierra, La Vega,...).

 La necesidad, entre las culturas primitivas, tuvo a bien convertirse en virtud. Debido a lo limitado de los recursos, estos grupos humanos aprovecharon siempre lo que la Naturaleza ponía a su alcance para resolver las necesidades cotidianas. La sabiduría popular, atesorada a través de la tradición, ha permitido que lleguemos a conocer un número muy elevado de remedios curativos que basan su práctica en el empleo de ingredientes naturales entre los que las plantas ocupan un lugar fundamental. Estaríamos  así ante el estudio de lo podemos denominar Medicina Popular. Antaño fue muy frecuente en La Codosera recurrir a ingredientes de origen vegetal para la elaboración de remedios curativos, algunos de los cuales aún se continúan utilizando. Tanto la recolección de las plantas, como la elaboración de los preparados, estaban sujetos a un proceso transmitido oralmente de generación en generación. Su poder sanador no siempre estaba demostrado ya que, en ocasiones, su empleo estaba ligado a la superstición sin que existieran razonamientos científicos para su uso. Puestos a emplear ingredientes, estos eran muy variados ya que también los había de origen animal y mineral. La práctica de este tipo de medicina, cuyo origen hay que buscarlo en ocasiones en tiempos muy remotos, buscaba todo tipo de recursos a fin de hacerla más efectiva. De ahí que, junto al uso de fórmulas y rituales de innegable origen precristiano (considerados habitualmente paganos), se procediera también al recurso de la religión, buscando con ello hacer más poderoso su efecto curativo.

 Lo mismo puede decirse, en cuanto a la pervivencia de tradiciones muy antiguas, de la arquitectura tradicional que, todavía hoy, es posible observar en La Codosera. El empleo de los materiales propios del terreno, fundamentalmente la piedra para la construcción de los muros y las ramas de árboles y arbustos para las cubiertas, remonta su origen a momentos anteriores a la presencia de la cultura romana en esta zona, existiendo aún hoy modelos constructivos que resultan muy similares (cuando no idénticos) a los empleados en la Edad del Hierro. Estaríamos hablando, por tanto, de la vigencia de soluciones constructivas que, en algunos casos, cuentan con más de dos mil años de antigüedad.

 El catálogo de elementos que pueden incluirse en este estudio de nuestro patrimonio cultural resultaría muy extenso. Tengamos en cuenta que, sobre un sustrato que se inicia en elementos de origen prehistórico, se fueron superponiendo las aportaciones culturales que, a lo largo de los siglos, dejaron los diferentes pueblos que por aquí pasaron (indoeuropeos, romanos, germanos, judíos, musulmanes...). Lo que hoy conservamos es, no quepa duda, el resultado de la mezcla en el tiempo de todo ello. Cualquier aspecto de la vida cotidiana resulta susceptible de estar sometido a estas influencias que, lejos de constituir lo que podríamos llamar un saber académico o avanzado, no es ni más ni menos que la consecuencia de la puesta en práctica, de manera cotidiana, de una manera de vivir y de saber estar. La tradición oral se ha encargado, en la mayor parte de los casos, de transmitirnos ese tesoro cultural que nuestros mayores, a su vez, recibieron de los suyos. Los diferentes oficios, las máquinas y herramientas para el trabajo, la gastronomía, los cuentos, las celebraciones de tipo religioso, los acontecimientos sociales, el modo de vestir, los juegos tanto de niños como de adultos, etc... constituyen las señas de identidad de un pueblo. Olvidarlos supone renunciar a la propia identidad de una civilización. Sería, por decirlo de una manera simple, como renunciar a los apellidos que indican nuestra pertenencia a determinada familia. Por tanto, tenemos la obligación moral de transmitir, con la mayor pureza posible y procurando evitar alterarlo, ese legado recibido.

Luis Alonso Rubio Muñoz

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